Carrete velado

carrete-velado.jpgRecibí el ejemplar de Carrete Velado con grandes expectativas. Tanto como aficionado a la fotografía o lector, el regusto final ha sido agridulce.

El poemario de Irene G. Punto parte de un supuesto descubrimiento. La autora nos revela que detrás de todo carrete velado está Poesía, así como sujeto, privándonos de las imágenes de las que se ha enamorado y no quiere compartir.

Un poco rebuscada, pero parece una idea interesante a la que sacarle jugo. Para ese propósito, la autora ha recurrido a varios fotógrafos y fotógrafas, que ilustran un texto que previamente les ha enviado.

Lo que más me ha gustado de Carrete Velado es la elección de algunos fotógrafos para ilustrar el texto recibido, y que me ha permitido descubrirlos: Beatriz Copado, Ignacio y Pablo Martín Lerma o Jerónimo Álvarez. Otros simplemente aficionados aventajados, técnicamente perfectos, o instagramers, con todo lo negativo que esa palabra pueda contener.

La parte que más me ha gustado han sido los Desvelos, ya sin imágenes, más que todo lo que le precede. Partiendo de que el tono “ligero” que destilan me deja algo insatisfecho, junto con el tono adolescente y sus recursos, que no es que me seduzcan demasiado, lo salvaría.

Los resultados son desiguales, tanto en texto como en imágenes. La idea podría funcionar como contrapunto irónico a los memes sensibleros, de los que aúnan fotografías pretenciosas con textos azucarados, de esos que circulan por Facebook o Twitter. Si usted es de lo que comparte este tipo de contenido en su muro, puede que éste sea su libro.

Jugar con mezclas tan tramposas tiene sus peligros. Tratar de explicar una fotografía con un texto que se pretende trascendente es hacer trampa en fotografía; a la inversa también lo es. Los formatos deben funcionar de manera autónoma. Si no lo hacen es que algo falla. Aún así, si queremos hacer la mezcla, debemos saber de sus peligros: caer en lo pretencioso es el primero de ellos, el segundo, aunque resulte paradójico, es acabar en Intrascendencia. Ya he visto esa idea en algunas autoras. Miriam Reyes, en Borrarte, utiliza la fotografía, pero sin apoyarla en texto. Vanesa Pérez Sauquillo también lo hace, pero con textos más potentes.

 

 

 

 

 

 

Alberto Amor Jimenez

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