El objetivo

Allá en el horizonte
Alberto Amor Jiménez ©

            Un desvencijado 4L circula por la CM-42 con lentitud achacosa. Los demás conductores lo miran con curiosidad al adelantarlo. Una de las últimas unidades fabricadas. 25 años y muchas batallas. Su dueño, Alfonso Quijada, no lo cuida demasiado, a tenor de su aspecto exterior, pero le tiene un cariño nostálgico.

            Alfonso nació en Villanueva de los Infantes, donde vive. A punto estuvo de acabar registrado como Alonso, por su apellido y la relación del pueblo con la figura de don Quijote. Cuando llegó el momento se diluyó la ocurrencia de unos padres que a duras penas habían leído unos capítulos de El Quijote en el Bachillerato. El nombre del niño acabó siendo el del abuelo paterno.

            Hasta hace unos meses ha regentado con meticulosa eficacia la panadería familiar. Un hombre práctico, treinta y tres años y calvicie incipiente. Desde hace unos meses, algo ha cambiado. Tiene un objetivo que lo aleja de su vida anterior. Ha dejado al cargo de la panadería a dos empleados de confianza. Él apenas aparece. Sigue madrugando igual que si tuviese que amasar pan, pero en lugar de ir al horno, se marcha a hacer carretera, en busca de instantáneas que colgar en sus cuentas y perfiles de redes sociales. Empezó con la fotografía por recomendación de su novia. Era una forma de combatir el estrés del trabajo. En año y medio ha conseguido un número de seguidores aceptable. Recibe muchos likes y comentarios laudatorios en sus perfiles de redes sociales, lo que le ha creado la falsa idea de que es un artista que el mundo no puede perder entre harinas.

            A la afición por la fotografía, le ha añadido un interés desmedido por el marketing digital y las redes sociales. Su discurso se ha convertido en una amalgama inconexa de conceptos que sólo en su cabeza parecen tener sentido. Por las noches se queda hasta tarde leyendo post y manuales que repiten hasta la saciedad discursos abstrusos que se presentan como las soluciones más lógicas.

            La mezcla de conceptos en su cabeza es explosiva: SEO, distancia hiperfocal, redes sociales, contenido de calidad, cloud computing, efecto orton, conversión, CPC, CPM, megapixeles, Influencer, KPI, CPL, CPI, Landing page, neuromarketing, time lapse, PPC, SEM, gaussiano, HDR, lead… multitud de términos que Ana no cree que tengan aplicación práctica en su negocio, tan tradicional, pero Alfonso dice que ya no le interesa la panadería, que con la ayuda de las nuevas tecnologías, trabajo y constancia -algo que no le asusta- puede uno vivir muy bien de lo que le apasiona. Ana lo mira preocupada. Piensa que se le ha secado el cerebro con tanta tontería como lee. Esas recetas, si le sirven a alguien, algo bastante dudoso, es a un grupo muy reducido de personas, con suerte, talento, originalidad, capacidad de esfuerzo y constancia. Demasiadas variables para concentrarse en una sola persona. Nada hace pensar que él pueda ser uno de esos afortunados. Le duele la boca de decírselo. No reacciona. Sigue creyéndose a pies juntillas lo que esos blogs y manuales de autoayuda digital cuentan.

            Algunos vecinos le preguntan cuando le ven llegar a casa pertrechado con todo el equipo. Gente de campo, que no sabe nada de ordenadores, arte o marketing. Le escuchan de manera condescendiente. Pobre loco.

            Ha tenido otras aficiones, buscando abstraerse del trabajo, pero no habían conseguido atraparlo del mismo modo. Su afición por el deporte y las pachangas de baloncesto duró lo que tardó en sufrir un esguince de grado tres. Lo mismo que su repentino interés por los idiomas, desaparecido al comprobar que el esfuerzo era mucho mayor del que se atrevían a reconocer los métodos que acumulan polvo en el trastero.

            Para conseguir contenidos de calidad es capaz de cualquier cosa, de jugarse el físico y la salud, si es preciso, subiendo pedregales resbaladizos. El coche ya lo ha dejado tirado varias veces en mitad de caminos intransitables. Ha subido cerros por caminastros por los que hace tiempo que no pasa un alma, cargado como una mula.

            Todos los días llega a casa contento, contando a Ana y su madre, que vive con ellos, que ha conseguido captar una obra de arte, sin rubor alguno. Su madre, por su condición de tal, no se permite pensar si el criterio de su hijo estará en sus cabales, pero Ana sí plantea a menudo esa cuestión, después de ver algunas de las imágenes que Alfonso tila de geniales. “Tú es que no entiendes”, le dice airado.

            Mientras tanto, el 4L ha llegado a su destino. Alfonso sube un leve repecho, desde donde puede verse una llanura manchega bañada con la luz del atardecer. Al fondo pueden verse una hilera de molinos eólicos con unas nubes de bordes definidos sobre ellos. Hoy es un día fácil. El coche está aparcado a escasos quinientos metros del lugar óptimo para fotografiar. Las vistas son espectaculares. Deja su voluminosa mochila en el suelo. Posiciona el trípode. Coloca en él su cámara de treinta y seis megapixeles, con el gran angular más luminoso del mercado. Mientras encuadra, enfoca y dispara, piensa en el número de likes que va a conseguir con esta impresionante fotografía. “Genial”, dice.

Alberto Amor Jimenez

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